[Lee Min Ho/Original] "Octantis" (+16)

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[Lee Min Ho/Original] "Octantis" (+16)

Mensaje por Belleclipse el Miér 20 Feb 2013 - 21:16

Hallo, ¿cómo están? Bueno...luego de leer algunos fanfics inspirados en la ola Hallyu comencé a gestar mis propias ideas y empecé a teclear...la historia aún no está concluida pero quiero compartir con ustedes lo poco que llevo avanzado...es un relato un poco particular y, dado que es el primero, probablemente no esté exento de fallas...aún así, gracias a aquellos que se animen a darnos una oportunidad Very Happy

...les presento, con mucha pena y una sensación similar a la emoción, a "Octantis".



Título: Octantis

Rated: +16

Pairing: Lee Minho/Original

Género: Drama/ Quizás comedia...

Categoría: Hetero

Inicio: 13 de febrero de 2013 (Oh, sí, hace algunos días que nació xD)

_____________________



¿Cuánto más puedes alejarte de mí?


Primera parte

You are
the sun, the stars, the moon are you
and I could never run away
from you

Radiohead— “You”


I

Suk Chul se había plantado junto a la puerta del estudio un par de veces en el transcurso del día, sin embargo —como no resultaba sencillo para ella romper los hábitos de un carácter reservado y sumiso—, el esposo la había escuchado suspirar con resignación en cada ocasión al tiempo que sus pasos se alejaban por el corredor; seguramente a la caza de alguna tarea doméstica que la distrajera de sus tormentosos pensamientos.

No era que el marido hubiese querido torturarla apropósito al retrasar la conversación que ella tanto deseaba tener, pero su espíritu se encontraba en tal estado de tribulación que había necesitado disfrutar de unas horas de soledad antes de recuperar el sosiego; encerrar las memorias desterradas que se habían dado a la fuga luego de la discusión que sostuviera con Dae Hyun, su hijo, aquella tarde de marzo.
Fue en el dormitorio cuando, alistados para el sueño, el esposo al fin se dirigió a su mujer:

—Dae Hyun ha venido a pedir mi bendición: quiere casarse con la muchacha extranjera.

Suk Chul, que estaba apartando las sábanas, parpadeó, descolocada de repente. Su rostro se admiraba tan pálido como su bata de dormir.

— ¿Qué le ha contestado? — preguntó, sin atreverse a fijar los ojos en su esposo.

—Tengo que ir a Busan mañana para el festival.

La esposa apretó los dientes y se subió a la cama, correspondiendo con frialdad las “buenas noches” de su marido. Su evasiva respuesta le había confirmado cuál sería la postura que asumiría él en el asunto.

«Nunca la aceptaré como nuera» dictaminó en su fuero interno, acomodándose de lado sobe el colchón.

El esposo apagó las luces.

***

Hace nueve días que llegó a Busan. Nueve días de cenas, de eventos, de premios, de luces, de perfumes, de sonrisas y estrechamiento de manos.

Nueve días de recuerdos manifestándose como fantasmas.

El señor Lee se encuentra en el Donenu, un cómodo restaurant de Haeundae. Está comiendo carne a la parrilla. Le gusta como la preparan en ese lugar porque la sazón le recuerda a su madre. Definitivamente se ha hecho mayor, se dice, no hace más que revivir con nostalgia el pasado. Pincha un trozo de carne y lo mastica lentamente, piensa en Dae Hyun, una sonrisa triste se dibuja en su rostro. El hijo se parece a él mucho más de lo que creía…

En la mesa vecina resuena una risa femenina. El señor Lee observa a la mujer, más bien mira sus manos, los pequeños dedos sostienen una servilleta y limpian con ella la salsa derramada sobre la superficie marmórea. Al hombre le salta el corazón dentro del pecho: ha reconciliado aquél gesto con el hábito de otra persona. Se resiste a contemplar la cara de la dama, quiere anclarse a la ilusión un rato más. Finalmente, la señora se retira del restaurante en compañía de sus amigos (él supone que lo son) y, al cabo de una hora, él hace lo propio. Un joven del personal de servicio le abre la puerta al salir y lo invita a regresar pronto, también le asegura que es un gran admirador suyo, que ha visto todas sus películas y sus series, dice que es una lástima que se haya retirado de la actuación pero que siempre está atento a sus nuevos proyectos como director…y parlotea y parlotea. El señor Lee da las gracias, firma un autógrafo y se marcha.

Caminando por la acera, rumbo al hotel, echa un vistazo al cielo nocturno. ¡Hay tantas estrellas!…se relame los labios, siente deseos de fumar, su gusto por la nicotina ha aumentado con las décadas. Mientras revisa sus bolsillos, en busca de algún cigarrillo olvidado, no puede esperar a acostarse. Un sentimiento de anticipación le carcome el estómago. Ya sabe con quién soñará esta noche.



II

—Dijiste que si tus padres no aprobaban a la mujer que amas entonces huirías con ella, pero quizás, mientras pronunciabas esta promesa, te referías a una persona que compartiera tu misma cultura o que al menos tuviera en su árbol alguna ascendencia europea. En cambio, yo vengo de un país de descansos, de una tierra quebrada, mi sangre es tan caliente que me abrasa la piel y mi mirada no es nada solemne, sino como la del niño huérfano que se relame, envidioso, los labios, al contemplar a quien goza de mejor fortuna — dice Tanis, sintiendo cómo la garra helada estruja su corazón y la obliga a escupir la hiel que lleva por dentro.

—¡Soo Jin! — grita él, alejándose del escritorio. Se detiene ante ella. — ¡Mi querida, Soo Jin! — repite, asiéndola por los hombros y aprisionándola contra su pecho. Tanis lucha por liberarse. Todo esfuerzo es infructuoso. Conforme ella insiste en oponer resistencia, el hombre responde duplicando la fuerza de su agarre.

—¡Mientes, mientes! ¡Me estás lastimando!

Él la obliga a encararlo, puede adivinar su intención en el gesto de sus labios, atisba el dolor que lo embarga en las lágrimas que brillan en sus ojos. Tanis-Soo Jin aferra sus antebrazos con las uñas. ¡Ojalá pudiera herirlo más! ¡Ojalá que sus recuerdos se conviertan en una Furia que lo atormente para siempre!

Cuatro piernas flaquean y se deslizan hacia el suelo, reposando de rodillas sobre la alfombra. Las bocas luchan a la luz del fuego.


La mujer despierta. Tiene rastros de líquido reseco en las mejillas. Se sienta a la orilla de la cama, el suelo conserva el frío de la madrugada. Comprueba la hora en el reloj de su mesita de noche: 6:30 a.m. Muy oportuno.
*

La tetera empieza a silbar, el sonido la descubre en el baño con un bigote de espuma. Trota hasta la cocina y apaga la hornilla. El agua caliente salpica un poco al verterla en la taza con la bolsita de té. Vuelve rápido al baño para acabar de cepillarse los dientes y se topa con un estreno de cuarentona en el espejo que hay sobre el lavabo.

—Los años me están pasando factura — murmura para sí misma. Sus arrugas guiñan cada vez que frunce el ceño o se ríe, tiene unos brotecitos de canas en el centro de la cabeza y bajo el mentón se le insinúa una papada porque ha engordado cinco kilos. Además está tomando Venastat para la circulación y Calcibón para mantener a raya el inicio de osteoporosis que el doctor le descubrió el año anterior. Escupir, enjuagar, escupir otra vez. Se seca con un paño y, acto seguido, se dirige a la terraza. Le pican los dedos por escribir.

Realiza una parada para coger la taza de té con unas galletas Hony Bran y, dado que en su vía a la terraza debe atravesar el salón, interrumpe su avance nuevamente al avistar la lucecita roja del contestador. Tiene cinco mensajes. Dos son de su madre, otro de Bianca, su editora, (“¿cómo va nuestro próximo bestseller?”), y los dos últimos son de su sobrina, Lucía, que pide ver a su querida tía Tanis con urgencia.


III

Suk Chul yace estática en medio del sótano. Por lo general no suele asomar la nariz en ese agujero oscuro si el esposo está en casa, no obstante, las circunstancias actuales son otras: el señor Lee ha telefoneado temprano para avisar que alargará su estancia en Busan al menos tres días más.

Delante de ella resplandecen los trofeos de su esposo, exhibidos en varias repisas adosadas a la pared; la mayoría son de su época de actor. Asimismo, hay unos cuantos marcos de fotografías, cajas repletas de obsequios y antiguos pósters promocionales. Suk Chul se acerca a uno en el que su marido modela vestido como un guerrero de la era Goryeo, sus dedos rozan la lámina de vidrio que protege la imagen y en su mente se dibuja la faz de su hijo. Dae Hyun era una réplica casi perfecta del padre durante sus años mozos. Compartía con éste la nariz recta, los ojos oscuros, el ovalado mentón y los hoyuelos de la risa. En las cejas delgadas y la boca, de labio buteno, había salido a su madre.

Se aproxima a otro póster, en éste se perfila una mujer enfundada en un vestido corto de color azul que hace el gesto de silencio con la mano derecha mientras la izquierda permanece en el borde inferior del vestido, justo por encima de la entrepierna, como si quisiera esconder algo. Junto a ella está su marido, que sonríe mirando directamente a la cámara, ataviado en un traje ejecutivo; sus ojos tienen un brillo especial, le evocan el reflejo de la luna llena sobre un lago congelado. Suk Chul siente curiosidad y lee los datos de la serie, al parecer se titulaba “Obsidiana” y era la adaptación de la novela homónima de una escritora extranjera, una tal…

—¿Señora Lee?

—¿Qué sucede, So Ra? — le pregunta al ama de llaves por encima del hombro.

—El señorito Dae Hyun está en el salón amarillo con la abuela.

—Ahora voy.

—Sí, señora — So Ra se retira con una reverencia.

Suk Chul echa un último vistazo, el nombre que pone el póster está escrito en letras latinas: Ifigenia Zambrano.


Fin de la primera parte.


Mis tulipanes rojos para ustedes,

Belle.


Última edición por Belleclipse el Jue 28 Feb 2013 - 20:20, editado 1 vez

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Segunda parte (I)

Mensaje por Belleclipse el Jue 28 Feb 2013 - 16:20


Segunda parte


Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos,
Juntos desde la ropa a las raíces,
Juntos de otoño, de agua, de caderas,
Hasta ser sólo tú, sólo yo juntos.

Soneto II — Pablo Neruda

I


20 años antes…

Picón Salas había comentado en una oportunidad que la fórmula para crear un ensayo era “tener algo que decir; decirlo de modo que agite la conciencia y despierte la emoción de los otros hombres, y en lengua tan personal y tan propia, que ella se bautice a sí misma” y había asegurado que ésta era la misma fórmula que usaba la literatura. Ifigenia nunca se cansaba de repasar las palabras del maestro merideño. ¿Quién iba a imaginarse lo que le depararía seguir este consejo? Había tenido una idea, la había desarrollado al máximo de su joven capacidad (contaba apenas 23 años) y…bien, la había mostrado al mundo, para terminar siendo arrastrada al ojo del huracán…

—¿Estás lista? — preguntó Hee Jin, sosteniéndole la mano.

—En lo absoluto — dijo, alisándose pliegues inexistentes de la falda.

—¡Bienvenida a la SBS!

La SBS de Corea del Sur. ¡Por los molinos del Quijote, estaba en Corea! Ojos rasgados, ojos rasgados por todas partes. Ojos rasgados viéndola, señalándola, escrutándola. Ifigenia deja que Hee Jin sea la mediadora y se limita a seguir las instrucciones que la chica le ha dado previamente en el auto. Sonríe, inclínate, no respondas preguntas si no quieres. Aprieta un par de manos, dice que tiene 23 años, el nombre es Ifigenia Zambrano, no, no está casada; es Licenciada en Letras, hace poco que se graduó…las puertas del ascensor de cristal se cierran y al fin puede relajar los cachetes. En un parpadeo borra todos los nombres que le han dicho recién sus interlocutores.

—¿Estás bien? — cuestiona Hee Jin en inglés.

—Recuérdame qué estoy haciendo aquí, por favor.

Su compañera ríe y le da unas palmaditas en el hombro. — Estás aquí porque vamos a filmar una serie basada en tu libro.

Se escucha un timbre, el elevador abre sus puertas.

Ifigenia tiene unos flashes vagos: el manuscrito terminado, los rechazos de diversas editoriales, el deseo de quemar el trabajo, de rendirse; tocó una puerta más (“tocar no es entrar” decía la abuela), alguien dijo “sí”, treinta mil ejemplares para comenzar, entrevistas, fotos, ofertas, fiestas, cartas; críticas, destructivas, ultradestructivas y un buen porcentaje de opiniones favorables…

….bajaron las llamas, el arroz se coció lento; la nominaron para un premio, cenó sola en su departamento con su estatuilla de plata, la mirada prendada del armario desalojado por el ex novio. Bruma, bruma, bruma. Una llamada de Bianca, alguien tiene una propuesta para ella. Reunión en el hotel Alba, el hombre es coreano, tiene un apellido difícil de pronunciar y le extiende un documento. Ifigenia plantea unas condiciones y lo firma.

—Señorita Zambrano, bienvenida.

Ifigenia pestañea. Se han acabado los pasillos blancos y está parada en el umbral de una habitación enorme en cuya periferia se observa una larga mesa rectangular. Seis personas la lideran, las mismas que se han incorporado de sus respectivos asientos para saludarla.

Sonríe, inclínate, no respondas preguntas si no quieres.

—Confío en que haya tenido un viaje confortable. Le presento a mi equipo de trabajo.

Choi, Yoo, Han, Jung, Park…y Lee, sí, ya lo recuerda, Lee es el director general, un señor bajito con un porte a lo Kim Sang Jung y un apretón firme, además de su excelente manejo del inglés. El grupo le hace espacio en la mesa e Ifigenia se sienta en medio de los guionistas, Yoo Hana y Jung Hyun Jung (hijo). El director Lee le ofrece algo de beber, ella pide agua. Consigue ver cómo el hombre hace una seña a Hee Jin y ésta abandona el recinto, después se vuelve de nuevo hacia Ifigenia.

—Ante usted hay un portapapeles, en su interior encontrará los perfiles de los aspirantes que se presentarán al casting para interpretar al personaje de Mark. Hasta el momento tenemos tres favoritos — expone, acomodándose los lentes de montura cuadrada. —Hyun Bin, Park Shi Hoo y Lee Minho.

Ifigenia ubicó los perfiles de los tres actores con ayuda de la señorita Yoo. Hyun Bin y Park Shi Hoo le gustaron, el primero por el aire de determinación que inspiraba su mirada y por las pequeñas líneas de expresión sobre la frente que le hablaron de la edad, de la nostalgia, del azote del tiempo, muy acordes con su atormentado Mark…sí, Hyun Bin le gustó mucho. Shi Hoo, por su parte, era maduro, masculino y con un interesante equilibrio de naturalezas que capturaba con gran agilidad en sus expresiones…podía mostrar una picardía oscura o una indiferencia resignada con una elocuencia tal que dejaba al espectador como pasmarote. No estaba nada mal.

A la postre, luego de estudiarlo detenidamente por un rato, el único que no logró convencerla fue el señor Lee Minho y así se lo hizo saber al director.

—Este chico emite demasiada luz…no sé, no puedo imaginarme a Mark cuando lo miro…se supone que debería “drenarme” la energía no revitalizarla más, quiero decir, es capaz de “moverme”, claramente consigue desbordar a quien lo observa pero solo en el buen sentido…y Mark es un personaje con una profunda oscuridad interior, no es la clase de persona a la que quisieras devolverle la sonrisa… ¿me explico?

—Sí, la sigo — respondió el director Lee — pero no nos apresuremos a descartarlo ¿alguna vez ha visto actuar al señor Lee, señorita Zambrano?

—En realidad, no — reconoció Ifigenia, sintiendo un repentino cosquilleo en las mejillas.

—Entonces habrá que darle la oportunidad de probarse ¿verdad? Y para eso hemos escogido unas líneas del capítulo dieciocho, después de que Mark descubre la verdadera condición de Callie.

El capítulo dieciocho había sido difícil porque Mark estaba en una encrucijada, afectado por la bomba de sentimientos que repercutía en su interior. Negación, repudio, desconcierto, ira, negociación… y amor, ese amor punzante por Callie que se mimetizaba entre todo y lo asfixiaba. Ifigenia había acabado exhausta sobre el teclado; tres semanas reeditando párrafos y escenarios, buscando las palabras exactas, la habían dejado con el espíritu hecho polvo. Cuando el señor Choi, el segundo director a cargo de la filmación, le enseñó las líneas que serían citadas sus expectativas aumentaron.

—Ya es tiempo de comenzar — anunció el señor Lee, comprobando la hora en su Rólex — Señorita Kim levante las persianas, por favor.

Hee Jin hizo una inclinación y se acercó a una de las paredes de cristal, cubierta por persianas, que flaqueaban la puerta de doble hoja principal. Tiró del cordón localizado en un extremo y el exterior quedó a la vista. Ifigenia abrió los ojos como platos y palpó con nerviosismo la superficie plana del mesón tratando de alcanzar la botella de agua. ¿Es que todos los hombres de Corea se habían congregado para el casting?

«Dios dame fuerza», rogó en su fuero interno mientras el equipo le daba la bienvenida al primer aspirante.

Continuará...

________________________

Gracias por leer.

Mis tulipanes rojos para ustedes,

Belle.

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Segunda parte (II)

Mensaje por Belleclipse el Dom 31 Mar 2013 - 8:20



II


“Estoy loco, sí, seguramente sea eso, pero ¿quién puede rebatirme? ¿Quién convencerá a mi corazón de que esa criatura no forma parte de mi carne, que no merece la veneración de mi cuerpo ni la entrega de mi alma?...hombre, mujer, ¿qué más me da? ¡Es mía, es mía y nadie podrá impedirme reclamarla!”, dijo Mark, encarando el múltiple reflejo de sus ojos en los fragmentos del espejo roto…

El señor Lee cerró el libro y lo guardó en su maletín, leyendo una vez más el título del manoseado ejemplar antes de girar la llavecilla de metal en la cerradura.

Era jueves. Un jueves soleado y tranquilo en Villa Seúl.

—¿Tío Lee? — dijo una vocecita a sus espaldas.

—¿Cómo estás, Si Ah? — contestó él con una sonrisa, apartándose del ventanal.

—Bien— comentó la muchacha, sonriéndose. — La abuela y mamá te esperan.

Si Ah lo condujo por un estrecho corredor en cuyas paredes se apreciaban cuadros con fotografías, unas en blanco y negro, otras a color. El señor Lee reconoció a sus padres en varios retratos; también vio a un muchacho larguirucho y con el pelo azabache en punta, que se perpetuaba como una sombra en los momentos capturados por los flashes…

“Sólo el tiempo es poco…”, citó en su mente, recordando las líneas de un drama.

Su sobrina se apartó mientras abría la puerta corrediza. Al entrar, el señor Lee puso el maletín en el suelo y saludó a su madre con una reverencia, luego hizo ademán de sentarse sobre sus pantorrillas.

—Deja eso, no es bueno para tus rodillas. Adopta una postura más cómoda — ordenó la madre.

El señor Lee obedeció.

—No estás con tu esposa — observó la hermana, situada junto a ella, como si aquél hecho denotara alguna fatalidad.

—Suk Chul cree que aún estoy en Busan.

—¿Viniste primero hasta aquí? ¿Por qué? — preguntó su noona mientras servía el té.

—Estás evitándola por lo de Dae Hyun — intervino la madre, levantando el meñique al sorber su bebida — Pero eso no es todo.

El señor Lee hizo un amago de sonrisa.

—No puedo volver a ella, no cuando tengo los ojos tan empañados por el pasado — murmuró.

—¿Qué piensas hacer con respecto a Dae Hyun?

—Él está determinado, aunque Suk Chul no cederá tan fácilmente — el señor Lee aceptó la taza que le tendía su hermana — sin embargo, algo me dice que, ya sea con nuestra aprobación o sin ella, Dae Hyun se casará con la chica. En ese sentido es tan tozudo como su madre, y además cuenta con el estimulo de la juventud, que le da a uno cierta sensación de temeridad — rió — yo también lo viví.

—Exacto. Y tomaste la decisión correcta.

—¿Lo hice? — el señor Lee bajó la taza y miró directamente a su madre — Últimamente se me viene a la mente aquella conferencia de 2009 en la que me preguntaron qué superpoder me gustaría tener. La capacidad de retroceder en el tiempo, sin duda…saber qué habría sucedido si yo…

—El pasado es una cuna de fantasmas, hijo. No los persigas.

El señor Lee contuvo un suspiro y apuró de un trago lo que quedaba del té. Después de unos minutos de silencio se dirigió a su madre:—¿Puedo pasar la noche aquí?

***


—¿Todavía con ese libro? Creí que sólo lo tenías para impresionar al staff — dijo el mánager, mirando hacia el asiento trasero a través del espejo retrovisor.

Minho pasó otra página, su expresión concentrada no se alteró ni un ápice, como si no hubiera escuchado las palabras de su hyung.

—Como sea — prosiguió éste — escuché que Hyun Bin rechazó la audición en el último minuto y que Park Shi Hoo está envuelto en un escándalo, por lo que ninguno de tus competidores principales representa un obstáculo ahora — se escuchó el chasquido de un mechero — Es una lástima lo del señor Park, uno no puede ser lo bastante cuidadoso estos días. Me alegra que tú seas un hombre prudente.

Minho cerró el libro y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento, murmurando para sí mismo algo parecido a “con que era por eso”.

—¿Y la escritora estaba allí? ¿la extranjera? ¿Cómo es? Un hyung de producción me dijo que era joven.

«Lo es. Debe ser al menos unos cuatro o cinco años menor que yo», pensó Minho, sintiendo una leve punzada de irritación.

—Yo escuché que ella no quería a nuestro Minho para el papel — comentó el estilista desde el lado del copiloto.

—¿¡Cómo!? ¿¡Y qué tiene ella que decir sobre nuestro muchacho!?

—Hyung, ¿puedes detenerte en ese callejón, por favor? — interceptó el “muchacho”.

—¿Hum? ¿Allí? ¿Por qué?

—Helado — fue la simple respuesta.

*

Ifigenia está sentada en una de las mesas del fondo, con una servilleta recoge las migajas de la barquilla. Sus pensamientos siguen en la SBS. Aparentemente, ha cometido una imprudencia hoy. Baja la vista, el ejemplar de Obsidiana reposa cerca del portapapeles que contiene los perfiles de las candidatas para el rol de Callie.

—Moon Geun Young, Yoon Eun Hye, Min Hyo Ri…— se detiene, cierra la carpeta. Es imposible para ella memorizar tantos nombres. Contempla la servilleta hecha una pelota, aún no ha tenido suficiente helado. Chequea el reloj: Hee Jin está retrasada, se supone que la acompañará al hotel. Ifigenia le envía un mensaje de texto y se prepara para consumir otra porción de red velvet. Hace ademán de incorporarse y avanza hacia el mostrador, los pasos cortos arriban a su destino a la par con las zancadas del otro cliente. Ifigenia hace una mueca y se pone delante del sujeto: ella ha llegado primero. Detrás se oye una risita.

Realiza su pedido, no se le escapa el gesto divertido de la vendedora ante su nada fluida pronunciación del coreano. Más tarde se quejará con Hee Jin. Esboza una sonrisa de cortesía y acepta la copa de helado, al girarse mira de reojo al otro individuo de la fila…la cucharita con su primer bocado se detiene a medio camino: Lee Minho está frente a ella. Está usando gafas y tiene puesta la capucha de un suéter pero definitivamente es él.

Lee Minho, el actor que había rechazado, la persona que la había impulsado a recitar las líneas de su propia novela durante el casting de aquel día; el hombre que no se había desprendido de su cabeza desde entonces. Ifigenia dio un paso hacia atrás y pegó la espalda del mostrador.

—¿Ocurre algo, cliente? — pregunta en coreano la vendedora.

—No — niega Ifigenia, alejándose. Por suerte, sus reflejos evasivos son de acción rápida.

—Disculpe — la interpela una voz masculina. Ifigenia se remonta a horas atrás, todavía tiene frescas en su mente las miradas atónitas de sus “colegas” cuando, impulsada por esa misma voz, se levantó de su silla de jurado y comenzó a recitar las líneas de su propia novela junto con el aspirante número doce.

—¿Sí?

—Su blusa…— el hombre carraspeó —…se manchó “allí” con el helado…— y le extendió una servilleta.

Ifigenia se auto-examinó: en efecto, unas gotitas de red velvet se escurrían por el pecho de su blusa blanca.

—Caray…— ella alargó la mano para recibir el papel.

Los dedos se tocaron, fue un roce mínimo. Ifigenia dio unas rígidas gracias. Minho se limitó a inclinar el mentón y le volvió la espalda, en el bolsillo izquierdo de su pantalón se escondió un puño. Ella corrió a refugiarse a la sombra de su mesa y lo estuvo espiando por el rabillo del ojo hasta que se marchó. No sería hasta mucho después que caería en cuenta de cierto detalle: al salir de la heladería, el señor Lee estaba cojeando.


Esa noche, un paparazzi que había reconocido a Minho lo fotografió por casualidad al avistarlo fuera del local; por su parte, la foto que tomó de la extranjera había sido un simple antojo (¿tal vez una corazonada?). No había forma de vincularlos para un escándalo, ni para alguna noticia que valiera la pena mencionar en la sección de farándula.

Bueno, quizá no por el momento. Sin embargo, un buen paparazzi sabía “esperar”.

.
.

«¿Por qué cojeaba? En el estudio no mostró dificultades para caminar».

Ifigenia para de teclear y entrelaza las manos por debajo de la barbilla. Hace tres horas que está en el hotel. Su cabello negro gotea sobre la toalla que tiene alrededor del cuello. Frunce el ceño y chasquea la lengua, «y a mí qué me importa», se regaña mientras apaga el ordenador y retira el pendrive del puerto USB. Mañana seguirá trabajando en el bosquejo del guión para la mini serie (una de las condiciones que había estipulado en el contrato con el señor de apellido impronunciable).

Se tumba en la cama en posición de cruz y fija la vista en el techo. Apenas si siente sus posaderas, no ha aprendido a relacionar los nombres del equipo con sus caras, su coreano es pésimo y ha tenido una metedura de pata fenomenal para alimentar a las malas lenguas, como si la buena sociedad coreana no tuviera suficiente con que señalarla. Si lo piensa bien, su primera jornada en la SBS no ha estado tan mal.

«¿Qué estoy haciendo aquí, tan lejos de mi hogar, de mi familia, de mi tierra y mis costumbres?». Ifigenia se acurruca de costado y mira el teléfono encima de la mesita de noche, las lágrimas afloran en sus ojos. Otra vez el fastidioso síndrome del extranjero. Le dan ganas de volver a encender la computadora y activar el skype, de repente consigue pescar conectada a su hermana Cecilia y charlan un rato. No. No, no, no. ¿Acaso no se prometió que viviría una aventura, que iría con ese viaje hasta sus máximas consecuencias? Pues sí, lo hizo. Y Tanis Ifigenia Zambrano no es una mujer que se retracte de sus promesas. Si llama a su hermana, tomará el primer vuelo de regreso a casa. No, mejor optar por lo seguro: le escribirá un correo electrónico… una vez que esté más sosegada. Sí, eso hará.

Resuelta esta cuestión, Ifigenia vuelve a pasar revista de su día (la veta masoquista y bipolar era una herencia de su árbol genealógico). Lástima que sus dos candidatos predilectos no hubieran podido comparecer al casting.

Debe aceptar que tuvo que morderse la lengua luego de haber cuestionado mentalmente la posición del director acerca de ver actuar a Lee Minho. Ifigenia recuerda el modo en que lo vio entrar a la habitación, su porte confiado, su expresión determinada, la copia de “Obsidiana” asida en la mano izquierda. En su imaginación puede revivir su sonrisa, la chispa pícara de aquellos orbes oscuros…”demasiado brillante”, había corroborado ella nada más inspeccionar su aspecto. Después había pasado eso. El aspirante número doce se había situado en el centro de la habitación, colocándose detrás de una silla, que había sido dispuesta en ese lugar con un doble fin: reposo e interacción.

Esto Ifigenia lo había captado mediante la observación del comportamiento de los aspirantes. A diferencia de los debutantes, que solo empleaban la silla para el primer caso, los “sunbaes” o actores de mayor rango utilizaban el objeto como un “signo” que los ayudaba a contextualizar su interpretación, a apoyarse en el personaje, como si fuera un trozo de realidad paralela, un trozo del mundo de Obsidiana. Minho había encajado en la segunda categoría. Ifigenia lo ve claro en su cabeza. La transformación de él...como si se quitara un traje y se enfundara otro, el traje de “Mark”. Lo recuerda con el pie recargado en el regazo de la silla, la espalda ligeramente arqueada, los ojos recorriendo los párrafos de las hojas. El director le había dado espacio para que se preparara. Al cabo de unos instantes, el señor Lee había cerrado el libro y se había sentado, con las piernas abiertas y los brazos sobre las rodillas, la expresión desdibujada, “agridulce”, si es que una expresión puede catalogarse de esa manera.

El corazón de Ifigenia late deprisa. Minho se incorpora, de cara a la silla, y enfrenta al objeto inanimado como si se tratara de un enemigo: “¿Quién convencerá a mi corazón de que esa criatura no forma parte de mi carne, que no merece la veneración de mi cuerpo ni la entrega de mi alma?” Ifigenia también está levantada. “¡Es mía, es mía y nadie podrá impedirme reclamarla!” En el momento en que citó esas últimas palabras, Lee Minho la miró directamente, sus ojos se vieron tan negros como la obsidiana.



Se despierta sobresaltada, el reloj marca las dos de la madrugada. ¿Cuándo se durmió? No lo sabe pero eso no tiene relevancia. Ifigenia se calza las pantuflas y busca el ejemplar de su novela, la edición de bolsillo que su editora le regalara el mes pasado, el librito está en su maleta; pasa las páginas hasta topar con el capítulo dieciocho. Es en ese capítulo donde se aclara la razón de que Mark cojee: una herida de bala que recibió en la pierna derecha. El ex policía no había permitido que le retiraran los fragmentos del proyectil porque eran un recordatorio…

—Será posible…—murmuró Ifigenia — ¿será posible que ese hombre esté asimilando a Mark?

Si eso era cierto, Lee Minho estaba demostrando ser una persona más interesante de lo que ella había creído.

Continuará...

_____________________________

Saludos!!! Muchas gracias por todos esos "vistos" ;)

Mis tulipanes rojos para ustedes,

Belle.

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Segunda parte (III)

Mensaje por Belleclipse el Mar 16 Abr 2013 - 3:30



III

Lucía encontró la blusa por casualidad. Era un modelo anticuado, de cuello Mao y mangas cortas, que tenía unas leves manchas rosáceas en la zona del pecho. La muchacha metió el cesto de mimbre con los trapos viejos de su tía en el armario y terminó de abotonarse la blusa, probablemente su ropa no tardaría en secar. Sacudiéndose el cabello mojado en una toalla se aproximó a la salida del cuarto; el rumor nostálgico de un piano llegó a sus oídos, amortiguado por la puerta. Lucía se dio el lujo de aventurarse al pasillo descalza.

En el salón, la tía Tanis se reajustaba las gafas con el meñique mientras apuraba unos apuntes en un bloc. La mujer no cayó en cuenta de la presencia de su sobrina hasta que ésta, asustada por el rugido de un trueno en las afueras, liberó un jadeo lastimero. Entonces, los ojos marrones de Tanis se fijaron en ella. Lucía se preguntó si no habría imaginado aquél leve tirón en la mejilla de su tía un segundo previo a la franca sonrisa habitual.

—¿Te gustaría tomar una copa de vino? El merlot va muy bien con Chopin — dijo Tanis, haciendo un gesto hacia el reproductor de música.

—Sí.

—Vale, dame un momento.

Lucía asintió, arrojándose sobre uno de los sillones que circundaban la mesita de té. En el acto, sintió un pinchazo en una nalga y, mordiendo una grosería, metió la mano en una hendidura lateral del asiento para conocer la causa: una pluma fuente.

—¿Otra estilográfica? Había una como esta en el baño también — comentó, dejando traslucir su curiosidad.

—Sí, es por precaución— replicó la voz de Tanis desde la cocina— Me gusta tener pluma y papel al alcance de mi mano por si tengo alguna “epifanía”.

—¿Tenías una epifanía ahora? — cuestionó la muchacha, mirando el bloc de notas que su tía sostuviera minutos antes, encima del sofá.

—Nah, unas visiones desvaídas nada más…— dijo, sus pisadas retornaban al salón.

—¿Sobre qué?

—Recuerdos — murmuró Tanis, extendiéndole la copa. El segundo trueno consiguió arrancarle un destello a los cristales de sus lentes. Esta vez, Lucía se convenció de que el tic de su mejilla había sido autentico. — Bueeeno, es obvio que este chaparrón no menguará en un rato ¿qué tal si me cuentas sobre ese novio tuyo que te tenía tan mortificada? — propuso, conforme se llevaba la copa a los labios y lanzaba un rápido vistazo al pecho de la vieja blusa que usaba su sobrina.


***

Hee Jin había hecho la sugerencia, el “no” de Ifigenia había brotado inconscientemente. No, no mandaría la blusa a la tintorería, no era necesario ¿a quién le importaba la blusa? Luego podía ir a comprar otra en el mercado de Namdaemun.
La curiosidad, ése era el tema que Ifigenia deseaba zanjar.

—Hee Jin-ah — llamó. La aludida, que se hallaba evaluando el itinerario de la siguiente semana, volvió su rostro hacia ella — ¿eres fan de Lee Minho?

—¿fan? — Hee Jin parpadeó, la pregunta la había atrapado con la guardia baja: no logró controlar la franja de rubor que le coloreó las mejillas.

«Te tengo» pensó Ifigenia, un brillo peculiar se instaló en su mirada cobriza.

—¡Qué buena suerte! — exclamó, juntando las palmas de las manos y rotando la silla de la computadora en su dirección. — Supongo que no te importará que te haga unas preguntas ¿verdad?

—N-no — replicó Hee Jin, su boquita de muñeca Kabuki se torció en una sonrisa falsa.

La atmósfera se inoculó de suspense; de esa pesada sensación que te hace contener el aliento cuando observas un show de cuchillos: Hee Jin era la asistente atada al tablero e Ifigenia, el lanzador. Cada pregunta era una hoja afilada que volaba, veloz, certera, hacia la diana y Hee Jin tenía que esforzarse para captar el ritmo y confiar en que el diestro lanzador no la dañaría, ni pretendía hacerlo. “¿Cuándo debutó Lee Minho como actor? ¿Quiénes son sus padres? ¿Tiene una carrera universitaria? ¿Por qué te gusta? ¿Cuál ha sido su papel más aclamado? ¿Eres cercana a él? ¿Por qué quiso ser actor? ¿Contribuye con alguna organización benéfica? ¿Tiene club de fans? ¿Eres miembro? ¿Ha tenido novia? ¿Se ha visto involucrado en algún escándalo?...”

—¿Por qué de pronto tiene interés en todo esto? — inquirió Hee Jin, aprovechando la pausa reflexiva de su interlocutora.

—Me motivan fines profesionales, por supuesto — respondió Ifigenia, adoptando una postura india sobre la alfombra y sacudiendo la colilla del Seven Star sobre el cenicero — Él va a interpretar a mi personaje.

Hee Jin no entendía cómo podía serle útil a ella esa información pero optó por guardar silencio.


*


—Gracias por tu duro trabajo — dijo el fotógrafo.

—Usted también lo ha hecho bien — Minho hizo una reverencia. La modelo que había sido su pareja en la sesión le dedicó una mirada coqueta al avistarlo abandonando el plató fotográfico. Él le correspondió con una sonrisa de labios apretados y se adentró en el pasillo que conducía a su camerino para devolver el vestuario.
.

Al salir rumbo al estacionamiento su mánager se dirigió hacia él con un gruñido:

—Estás cojeando otra vez.

Minho arqueó las cejas — No lo había notado.

—Ya — murmuró su hyung, desactivando las alarmas de la camioneta. — Sé que te gusta apegarte a la piel de tus personajes pero ¿podrías reservarte esa cojera sólo para cuando vayas a grabar? Recuerda lo que le ocurrió al actor británico que hacía de Doctor House…

—Lo tendré en cuenta — respondió, cerrando la puerta trasera.

—Excelente. Ahora, atendiendo a otros asuntos, me comunicaron que la actriz principal ya ha sido confirmada. La rueda de prensa será muy pronto.

—¿Quién es la protagonista?

—La señorita Moon Geun Young.

—Hum…ella estudió literatura coreana ¿cierto?

— Sí, creo que sí ¿por qué?

«Si es así tendrá cosas en común con la escritora» pensó Minho. — Por nada, hyung. ¿Te importa si me tomo una siesta?

—Adelante. Estaremos en la agencia dentro de veinte minutos.

Minho se reclinó con comodidad en el asiento y chequeó su celular para cerrar la ventana de red que tenía abierta: “Ifigenia Zambrano recibe galardón del concurso Terminemos el cuento”. Acto seguido, se dispuso a dormir.

*


Adaptar un guión a un libro de trescientas páginas no era simplemente coser y cantar. Y si a eso le sumabas las dificultades que acarreaba la traducción de ciertos términos a un idioma extranjero, la situación adquiría un cariz demoledor. Encerrada en el departamento de dramas de la SBS, a Ifigenia le estaba costando resistir el impulso de mesarse los cabellos, en tanto, le explicaba por tercera vez a su compañera, la guionista Yoo, el significado de la expresión “Jalar bolas”, que ésta había señalado en el libro.


Presión, presión, presión. Que si el elenco y los actores principales están listos, que si el espacio para emitir está pautado, que si el presupuesto está cuadrado, que si las ubicaciones de grabación, que si los contratos, que si la banda sonora, que si el Schedule; tic-tac, tic-toc ¿dónde está el guión?


—Parezco el cadáver de la novia — dijo Ifigenia una tarde, admirándose en el espejo del aseo de damas.


Su habitación de hotel se había convertido en un tiradero de envases de ramen y Pop Top porque había prohibido la entrada del personal de mantenimiento. “Hacen demasiado ruido con sus aspiradoras y tengo que concentrarme en el trabajo” fue la excusa que le dio a Hee Jin. Casi nunca salía del cuarto, salvo para ir a reunirse con los guionistas, y no recibía visitas. Las interacciones con su niñera (como había apodado a Hee Jin) se limitaban a cortos mensajes de texto en los que le notificaba sus avances.

“No te presiones demasiado”, le había escrito en una ocasión su hermana Cecilia en el chat de Skype. “Decir eso en Corea es una blasfemia”, había contestado ella medio en broma.

Por fin, a mediados de abril, consiguieron armar una trama coherente y fluida que abarcaría once capítulos de una serie que estaba planteada para veinticuatro. El equipo sometió los escritos a evaluación y, gracias al cielo, hubo una ola de aprobaciones.

—Maravilloso. Con esto será suficiente por ahora — dijo el director, encabezando la mesa de reunión.

—¿Por ahora? — cuestionó Ifigenia.

—Así es, nunca se sabe cuando puedan presentarse dificultades con un actor o cómo nos recibirá la audiencia, siempre hay que estar preparados para la tempestad. Gracias a todos por su ardua labor. Mañana haremos el comunicado de prensa y, si todo sale bien, Obsidiana estará al aire en agosto.
.
.
.

La costura del vestido la estaba matando y los zapatos de tacón le habían producido ampollas. Ifigenia se humedeció los labios con la lengua y reprimió un juramento cuando el flash de una cámara la capturó desprevenida. Sentía los ojos irritados y lamentó no haber metido unas gafas oscuras en su bolso de mano.

—Tenga — murmuró Hee Jin, apareciendo a su lado, como si le hubiese leído el pensamiento. — Deberá quitárselas una vez que todos estén en el auditorio, pero puede usarlas un rato para descansar la vista en lo que los reporteros se abalanzan sobre los actores.

—Mujer, siempre me cubres las espaldas, gracias.

—Aunque me gustaría llevarme el crédito, no he sido yo — objetó la muchacha. Y se esfumó para acatar una orden del director antes de que Ifigenia pudiera pedirle que justificara sus palabras.


El gran cartel promocional de Obsidiana servía de fondo para las fotografías y para el mesón con micrófonos y agua mineral que ocuparía el equipo durante la rueda de prensa. A Ifigenia le sudaban las manos, la boca de su estómago ardía.

«Está bien, estoy acostumbrada a las entrevistas», canturreó en su mente. No obstante, bastaba una mirada hacia la entrada del auditorio para que la bilis le quemara la garganta. Se revolvió, incómoda, sobre la silla.

—¿Nerviosa? — preguntó el guionista Jung Hyun Jung, a su derecha.

—Un poco…más bien bastante.

—Todo estará bien, trataremos de que enfoquen sus preguntas en nosotros — intervino Moon Geun Young, sonriendo mientras se sentaba tres sillas a la izquierda.

Ifigenia apreció aquél gesto. La señorita Moon había estado en el estudio un par de veces durante el desarrollo de los guiones, demostrado un sincero compromiso con su personaje y un genuino interés por la historia del libro, que no vaciló en volcar en preguntas para su autora; ambas habían hecho buenas migas.


Lee Minho fue uno de los últimos en acceder al recinto. A Ifigenia le parecía como si el encuentro en la heladería hubiese sucedido hace siglos; escudada tras el cristal ahumado de las gafas, lo contempló más tiempo del que dictaba la cortesía, y más aún del que ella habría estado dispuesta a tolerar de haber sido consciente de su propia actitud.


Continuará…

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Mis tulipanes rojos para ustedes,

Belle.

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Con un pie en Asia
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